Las luces brillantes y los sonidos plásticos y electrónicos rodean el lugar envolviéndote en una atmosfera frenética, eufórica que solo puede existir en un lugar como este. Los gritos de victorias y los sollozos de derrota retumban en mis oídos secando mi boca ansiosa, mientras el crupier reparte las cartas yo miro a Felipe intentando interpretar su mirada indescifrable, sus ojos pasan de una carta a otra mientras sus labios permanecen apretados en una línea recta. Está contando.
Yo estaba como palo blanco observando desde el extremo opuesto incentivando las apuestas por su contrincante. Otro palo blanco, el señor Han, un anciano asiático con cara de muerto que vive en el departamento frente al nuestro, viudo con un hijo enfermo y otro demasiado pobre como para mantenerlo una vez él muera, estaba jugando sin darle mucha importancia a las cartas. Todos en esta mesa tenemos una razón para estar aquí, aunque sea una mera coincidencia.
Este cuento del casino comenzó cuando Felipe llegó a nuestras vidas, un grupo de idiotas sin futuro, pero con sueños. De todos nosotros el primero en aparecer en esta ciudad fue Cristian o cris, como le gusta ser llamado, él llegó desde su pueblito moribundo con el sueño de ser músico y el dinero justo para rentar un departamento, todo fue bien hasta que, por defender a un cliente de su marido abusivo, terminaron despidiéndolo del café donde trabajaba para costear su vida en búsqueda de ese sueño suyo.
El idiota de cris es un “abuelito de buen corazón” en el cuerpo de un adulto de 25 años, cada cierto tiempo recoge algún jovencito que solo tiene una maleta y un sueño. Entonces aparecí yo, un bailarín estúpido y sin suerte.
Para pagar mi existencia mientras trataba de conseguir mi sueño de bailar, trabajaba como barman en un club de esos baratos llenos de universitarios ebrios y vivía junto a mi pareja… o eso se suponía, decidió engañarme con otro hombre. Con el corazón roto, rabia y mis maletas comencé mi noche laboral, como si no acabara de salir de mi casa sin un lugar al que llegar, para mejorar mi suerte, había un grupo de siete idiotas demasiado ebrios como para entender que no son el centro del mundo y me tocó expulsarlos a empujones.
Al final de la noche me tocaba sacar la basura de los cocteles que servíamos, en eso estaba cuando un ebrio me golpeó por la espalda tirándome al suelo, no pude reaccionar, simplemente era un golpe tras otro y con suerte solo pude ver que eran algunos de los imbéciles que había tenido que sacar antes. Me arrastré junto al basurero y me quedé sentado un momento para regular mi respiración, revisé los lugares de los golpes y todo dolía como el infierno así que me quedé allí con los ojos cerrados tomando conciencia de todo este día de mierda. El olor a descomposición me abrazaba en la oscuridad, inundando mi nariz que ardía, se sentía apretada como cuando te golpeas tan fuerte que tus ojos dejan caer lágrimas, pero a estas alturas del juego, no sabía si lloraba de dolor físico o emocional.
De pronto un chorro de líquido caliente golpeó mi abdomen, era orina de un estúpido tan ebrio que tenía los ojos cerrados, me arrojé a un lado para esquivarlo. Si pudiera moverme le rompía la nariz, pero no podía hacer más que quejarme del dolor en mis costillas, el idiota pegó un gritito y detuvo su acción preguntando si estaba bien y disculpándose una y otra vez. Me levanté como pude, sosteniendo mis costillas con un brazo como si mis interiores estuvieran a punto de escurrir por el asfalto. Él me siguió hasta adentro por la puerta de servicio, hablaba y hablaba de lo muy ebrio que estaba y lo mucho que lo sentía hasta que me ofreció acompañarme al hospital, efectivamente lo necesitaba, pero no tenía para pagar, entonces insistió tanto que le hice caso.
La tranquilidad del pequeño cubículo blanco esterilizado de la urgencia me hizo recapitular todo: según el médico mi nariz solo estaba torcida y la zona de mis costillas solo tenía un enorme moretón que comenzaba a formarse, el daño estaba solo en la superficie. Mi novio me había engañado y ni siquiera pude golpearlo. Era un día de mierda en una vida de mierda. Miré mis maletas y las recetas que había dejado el médico antes de tomar todo y salir de allí por la entrada, para mi suerte la mañana estaba muy concurrida así que logré salir sin ser notado, caminé hasta la calle, miré a ambos lados y me dejé caer.
—¿No tienes a dónde ir? —Era el ebrio meón otra vez.
Todo era demasiado shockeante para llorar y para pensar qué carajo hacer, se aclaró la garganta y lo miré para ver qué quería.
—Yo… necesito un compañero de departamento—Lo miré incrédulo, pude notar los rasgos de su rostro muy masculino, era bonito, tal vez si no me hubiera orinado le habría dado mi número.
—… para dividir cuentas y eso— Me levanté y simplemente respondí “ok”, después de todo, el único que podría haberme recibido en su casa andaba perdido por el mundo hasta quien sabe cuándo y si el ebrio me mataba era ganar—ganar, un problema menos.




Qué buen relato, Lucifer, me gustan cuando personas rotas se encuentran. Se sienten y cuidan. De pasar a ser meado a ser amado, haha. ¡Buena atmósfera de casino!