Recolecto los ingredientes que te componen como si nuestra historia fuera un plato que deseo servirle al mundo entero. Tus colores y texturas son lo que satisface mis sentidos, ese camino condimentado de tu ser que me arrastra a tus pies.
La base de tus sabores me hace adicto a ti, una mezcla ácida y picante que resalta todo lo demás, imponente y sincero, directo al paladar. En mi vida pude apreciar una textura como la tuya, confiada y decidida, delicada y suave que se desliza exóticamente por los confines de mi alma.
No hay nada como el aroma frío y sensual que emana desde el interior de un plato perfecto que no sabe como nada más en el mundo, un plato que se escapa de mis sensaciones. Tu aroma es una estela que recibe a los comensales que solo te pueden observar a la distancia, como esas notas bailan en el centro de la porcelana caliente que intenta acaparar tu naturaleza desbocada.
En el momento en que sentí el sabor de conocerte pude notar las punzadas de pimienta negra que condimentaban nuestro entorno tenso y eléctrico. Cítrico que endulza y amarga a los comensales que te observan a la distancia sabiendo que no podrán tomar lo que es mío.
Deja que observen la perfección de un plato idóneo que no teme ocultar sus sabores celestiales, sus texturas poderosas, sus aromas intrincados. La naturaleza indomable de tu fusión es lo que protege el corazón más sabroso de una comida que nunca termina de cocinarse.
Tuyo, en este banquete de nosotros, siempre con hambre,
Lucifer Lee.




Has plasmado una memoria sensorial en este texto, muy palatable. Me pareció genuino, lleno de notas, sabe a creatividad, sabe a la vida misma.
Antojo de esa experiencia